El peligro de demonizar las expectativas
(O por qué necesitas un poco de engaño para actuar)
El próximo 20 de marzo estrenan Proyecto Hail Mary en los cines y tengo muchas ganas de verla, porque hace un par de semanas me leí el libro y creo que se posiciona como uno de mis favoritos de ciencia ficción.
Tengo que darle las gracias a la clienta que me lo recomendó. Fue un acierto total. ☺️
La cuestión es que me leí el libro completamente a ciegas, casi sin saber que iban a sacar la película tan pronto. No había visto tráileres (sigo sin haber visto ninguno) y tampoco sabía de qué iba la trama.
Sinceramente, creo que, en este caso, no saber nada potenció muchísimo toda la satisfacción que he experimentado con el libro.
Y, cómo no, esto me ha puesto a investigar y pensar un poco: ¿sirve o no elevar nuestras expectativas?
Gasolina para activarnos
Recuerdo a una clienta que me contaba sobre sus planes de futuro con su pareja y todo lo que se esforzaba en el presente para poder cumplir su sueño de independizarse y construir una vida juntos.
(Tiene huevos que lo que era completamente natural y esperable hace 30 años, como independizarte con tu pareja, ahora tenga que considerarse un sueño…).
Durante una sesión, me dijo que no quería alimentar mucho sus expectativas, por si luego las cosas no iban tan bien como esperaba. Y yo le explicaba que, a veces, las expectativas son el único combustible de nuestros esfuerzos.
Y que, aunque entendía esa precaución, no estaba seguro de si, en ese momento, lo mejor sería dejarse inundar un poco de todos esos ideales para poder dar sentido a tanto sacrificio.
En el experimento de McKay et al. (2012), manipularon las expectativas de los participantes sobre su capacidad para rendir bien bajo presión en una tarea motora sencilla.
El grupo al que se le hizo creer que «rendía especialmente bien en situaciones desafiantes» no solo aumentó su confianza, sino que mejoró de forma significativa su rendimiento en la fase de alta presión y tuvo una probabilidad mucho mayor de alcanzar el objetivo de mejora marcado.
Es decir: cuando se alimentan las expectativas de éxito, también aumentan las probabilidades objetivas de que ese éxito ocurra.
Gasolina para prenderle fuego a todo
Y la cara B de las expectativas es esa que nos habla de decisiones dignas de un episodio maníaco. Aquellas que nos comprometen demasiado, como:
Meter todos tus ahorros en una criptomoneda.
Montar un negocio muy ambicioso (y caro) sin haber validado antes la idea.
Casarte en Las Vegas con una persona a la que acabas de conocer.
Todas estas cosas tienen la promesa de salir muy bien y por eso es fácil romantizarlas. Sin embargo, como ya sabemos, nuestra capacidad para predecir cosas en el futuro es bastante mediocre.
Como siempre, todo lo que hagamos dependerá del contexto y de nuestros valores. Pero esto de las expectativas tiende a demonizarse o a venerarse sin cuestionarse. Y esto variará por completo según los círculos en los que te muevas, de tu propia historia y de tus intereses actuales.
Flexible con la gasolina
Por eso, cuando te plantees tu próximo proyecto u objetivo, no te obsesiones con aniquilar tus expectativas por pura protección. Tal vez te venga bien fusionarte con esa visión idealizada para dar tu primer empujón.
Y una vez que estés en el barro, no te apegues mucho al resultado. Observa tus expectativas como lo que son: más pensamientos. Porque si te enredas demasiado con la idea de que la realidad tiene que coincidir exactamente con lo que imaginaste, es fácil que aparezca pronto la frustración y tires la toalla.
Aférrate a tus expectativas lo suficientemente para levantarte y actuar, pero aterrízalas rápido en acciones pequeñas y más modestas, que te permitan recibir pequeñas recompensas pronto.
Aquí es cuando tendrás que hacer hueco a una posible decepción sobre el resultado, pero te digo lo mismo, son solo pensamientos.
No traigo un discurso nuevo, solo quería recordarte que:
Saber cuándo impulsarte con tus expectativas y cuándo tomar distancia de ellas te ayudará a construir proyectos sostenibles

