Tiempo regalado
Hola,
en primer lugar, disculpa por haber desaparecido. Sé que algunas personas tienen un hábito muy construído con mi newsletter.
Han sido semanas tremendamente movidas que no me dieron mucho tiempo a planificar nada. Ya por suerte parece que estoy en mi “normalidad”.
Y en segundo lugar, mi amigo y socio Nacho Martin acaba de sacar su propia newsletter donde hablará de una forma muy diferente a la habitual sobre la Inteligencia Artificial. No te arrepentirás de echarle un ojo. :)
El tema del que quiero hablar hoy me lleva rondando un tiempo la cabeza y surgió, como muchas veces, en los “entretiempos”.
El interludio
Me gusta la palabra interludio. Más allá de que literalmente signifique “juego entre actos”, me recuerda que jugar es de lo menos productivo que podemos hacer. Aunque conozco a unos cuantos que se toman los juegos como si fueran otra lista de tareas... Peligroso.
Sea como sea, generalmente no siento que tengamos muchos interludios, pero mi crítica a la falta de tiempo no es nueva. Ya lo sabes…
Sería increíble que todo el mundo pudiera “bloquear” espacios de no hacer nada o donde lo que se hiciera fuese más parecido a un juego que a algo productivo.
Pero no es la vida que tenemos, y muchas veces esos interludios se dan de forma repentina… ¿Y qué pasa ahí? Pues vamos a verlo.
El interludio regalado
Hace unos días tuve una cancelación de última hora en consulta y, como siempre, mi primera reacción fue la de “aprovechar el tiempo”.
Entonces fue cuando me di cuenta de esa reacción tan inmediata. En lugar de ponerme a adelantar trabajo automáticamente, me frené un momento para observar qué significaba para mí esa urgencia por “aprovechar”. Al fin y al cabo, el universo me estaba regalando tiempo o me estaba descongestionando de tareas, depende de cómo lo veas. 🤓
Cuando recibí la noticia de que la gasolina iba a subir, creo que no me distinguí mucho de la media al pensar: voy a aprovechar el precio actual antes de que suba.
Si vamos a un buffet libre y hay algo que nos gusta especialmente, queremos arramplar con eso antes de que se acabe. Queremos aprovechar la oportunidad.
Ambos ejemplos están motivados por la idea de escasez y, si te centras en tu experiencia, podrás contactar con cómo están tu cuerpo y tu actitud cuando utilizas un recurso, frente a cuando lo consumes porque te preocupa no tenerlo.
La postura y la tensión
El sábado pasado estuve en un restaurante que adoro donde tienen las mejores patatas bravas que he comido en mi vida (Óleo). Creo que podría ir exclusivamente a comer patatas, pero, por algún tipo de vergüenza, no actúo en consecuencia con mis deseos.
Aunque aquello era ocio planificado y no un interludio repentino, me sirvió para ver el contraste. Ahí siento que estoy disfrutando al máximo de la experiencia, pero no siento que la esté aprovechando en los mismos términos que la gasolina. No estoy comiendo con ansiedad.
Creo que el mejor discriminativo de mi actitud (y supongo que la del resto) es la postura. O más bien, la tensión en la postura.
Cuando uno actúa con ansiedad guiado por la escasez, el cuerpo se tensa y se vuelve rígido, frente a cuando simplemente disfrutamos del momento y soltamos esa urgencia.
Es como la diferencia entre ir a un sitio a una hora determinada a contrarreloj e ir simplemente a pasear.
Esta postura relajada y atenta me recuerda a la que mantengo cuando medito y a la que mantengo cuando observo (generalmente es lo mismo). No sé si es la adecuada, pero lo que siento me gusta mucho más que la rigidez física de estar conectado al verbo aprovechar.
No quiero que me hagas caso absoluto; céntrate en lo que sientes y en la tensión corporal que mantienes:
trata de profundizar en tu relación con el tiempo regalado.


