Cuando la ansiedad va y viene
Y te da miedo que se quede
Lo de la ansiedad es como esa frase tan desafortunada que una vez me dijeron cuando me iba a comprar la moto:
Hay dos tipos de personas con moto: los que ya se han caído y los que lo harán.
Bueno, creo que era algo así. Y con la ansiedad ocurre algo parecido.
La ansiedad es algo que, de una manera u otra, todos hemos experimentado o experimentaremos. Y, según la OMS, se calcula que entre el 15 y el 30 % de la población mundial experimentará algún tipo de problema psicológico relacionado con la ansiedad en algún momento de su vida.
Sobre la ansiedad y lo a su bola que va
Seguramente mucha gente de aquí sepa lo que es, pero para quien no: la ansiedad es una respuesta natural de tu cuerpo y tu mente intentando protegerte. A nivel fisiológico, es tu sistema nervioso dándole al acelerador (sí, hoy va de motos la cosa) para prepararte ante algo que percibe como un reto, una incertidumbre o un peligro.
Y dirás: «Bueno, pero ¿qué pasa cuando yo sé que no hay un peligro real, pero aun así mi cuerpo reacciona? ¿Toi tonto o k?».
Lo cierto es que no, eres más inteligente que nunca.
Piensa en la gran cantidad de cosas que sabes y en cómo tu mente hila conceptos de forma automática. Piensa en lo guay que es poder relacionar ideas y anticiparte a muchas cosas que pasan en tu vida.
Pues eso, amigos, tiene un peaje. Que nuestra mente sea capaz de conectar tan bien mucho de lo que ocurre y que, además, sea capaz de diseñar escenarios hipotéticos, nos hace tremendamente buenos a la hora de anticiparnos. Y la gasolina preferida de la anticipación se llama ansiedad.
El miedo a la ansiedad
Es difícil no tenerle miedo a algo que se ha estimagtizado tanto y que genera tantos inconvenientes en muchas personas.
La ansiedad puede afectar a tu sueño, a tu carácter y psicosomatizarse de mil maneras: problemas de tripa, de piel, contracturas, dolores de cabeza tensionales, bruxismo o esa sensación perpetua de tener un nudo en la garganta.
Vaya, mucho más versátil que este de aquí abajo:
Y si no te vale con todo esto, vamos a añadirle un toque de miedo a perder la cabeza o a la muerte.
Hay miles de datos en caradiología y psicología que demuestran de forma contundente que un episodio agudo de ansiedad no te va a matar ni te hará tener un brote psicótico. Pero eso le da igual a tu mente si ha aprendido a tenerle miedo.
Dejar estar la ansiedad mientras vives
La solución de todo esto no empieza (ni acaba) en la ansiedad, si no en todo lo que hay al rededor de ella.
En consulta vemos qué inicia la ansiedad y qué la mantiene, porque ahí sí que puede haber mucho que hacer. Pero cuando la ansiedad ya está presente, lo mejor es que aprendas a soltar las manos y no enredarte con ella.
El problema se da, cuando la ansiedad se convierte en el problema en sí mismo y cualquier síntoma parecido a ella acaba disparándola. Por ejemplo, hay personas que no se atreven ni a hacer deporte porque las pulsaciones elevadas se asocian a una crisis de ansiedad en su cabeza.
Yo aún recuerdo cuando de niño me molestaba infinito la arena de la playa. Bastante dramático si vives en la costa, la verdad. Esto hacía que intentara poner perfecta la toalla para no mancharme ni un granito.
Jugar en la playa sin querer mancharte de arena es una misión imposible y creo que por eso siempre me quedaba en el agua. (Incluso a día de hoy no entiendo la idea de ir a la playa sin bañarme).
Toda esa frustración perpetua con la arena acabó disipándose cuando, ya en la adolescencia, empecé a tener planes con amigos que no siempre implicaban estar a remojo.
No me expuse voluntariamente a la incomodidad de mancharme para “superar” nada, sino que, simplemente, otras actividades mucho más importantes para mí tomaron el protagonismo de mi vida.
¿Y la arena? Pues ahí sigue y seguirá si no se cargan nuestras playas los hoteles.



