El gran mito del multitasking
Solo el 2,5% de la población puede hacer dos cosas a la vez sin perder rendimiento. Para el resto, esto es lo que nos dice la ciencia.
Vivimos en un mundo hipersaturado de notificaciones y falsas urgencias. Nuestras y de los demás… Por eso, es inevitable que cualquiera acabe en el modo multitarea, tratando de apagar varios fuegos a la vez.
Diría que, en mi experiencia clínica, el multitasking es uno de los principales focos de estrés laboral. A veces, esto viene provocado por las condiciones “naturales” del trabajo y, otras, por algunas variables personales que tendremos que revisar.
Sea como sea, vamos a ver qué podemos aprender sobre este comportamiento tan tóxico.
El multitasking no existe
Pues sí, la primera en la frente… El multitasking real no existe para la inmensa mayoría de nosotros, ya que solo el 2,5% de la población puede hacerlo sin perder rendimiento [leer artículo]. Nuestro cerebro no procesa en paralelo, sino que hace un “cambio de tarea” muy rápido.
Y, ¿a cambio de qué? De mucho estrés. Tanto, que si Vegeta pudiera medirlo con su scouter, también se sorprendería.
La investigadora Gloria Mark demostró que, cuando nos interrumpimos constantemente, tratamos de compensarlo trabajando más rápido. Esto dispara nuestra frustración, la presión temporal y el esfuerzo percibido [leer artículo].
Además, también tenemos que hablar del “residuo atencional”. Este fenómeno ocurre cuando cambias de la tarea A a la tarea B sin terminar la primera y una parte de tu atención se queda “enganchada” en la A, reduciendo drásticamente tu capacidad para enfocarte y rendir en la nueva.
Si todo es malo, ¿por qué lo haces?
Pues porque no nos gusta pasarlo mal… Como siempre.
Cuando te enfrentas a una tarea compleja y que exige concentración, es muy normal sentir cierta fricción mental. Puede aparecer aburrimiento, miedo o la sensación de estancamiento.
Y tu mente, que siempre busca la salida más sencilla, te dice: “mira el móvil”. Al hacerlo, no solo recibes un pequeño “chute” de dopamina por la novedad, sino que logras escapar temporalmente de esa emoción desagradable.
Usamos la distracción compulsiva para no sentir la incomodidad que nos provoca el momento presente.
Posibles soluciones
Esto dependerá de cada caso, pero voy a proponerte 3 de las opciones que generalmente me dan buen resultado en consulta.
Entrena tu atención
Ya hace tiempo que sabemos que el entrenamiento en mindfulness o atención plena ayuda a los profesionales a mantenerse en una tarea por más tiempo, realizar menos cambios impulsivos y, por tanto, estresarse mucho menos [Leer artículo]. Pero como sé que es bastante difícil instaurar este hábito de forma consistente, te dejo un episodio que grabé hace ya un par de años por si así conseguimos terminar de engancharte.
Control de estímulos
Diría que es la pauta más sencilla de implementar. Si no existe, no puede distraerte. Por eso, soluciones tan obvias como quitar el teléfono de tu vista, apagar todas las notificaciones o cerrar todas las pestañas abiertas suelen ayudar sí o sí.
La pregunta en realidad es: ¿por qué no lo hacemos todos? Muchas veces es porque se nos olvida, y por eso sería interesante construir el hábito de dejar el teléfono siempre en el mismo sitio (lejos de ti).
Alternativas de respuesta
Algunas personas necesitan esta opción combinada con la anterior para poder aprender una nueva forma de actuar ante el multitasking.
Consiste en anticiparnos al obstáculo y “programar” una respuesta, como si estuviéramos haciendo alguna automatización rara. Ejemplo:
“Si empiezo a sentir ansiedad o aburrimiento y me dan ganas de abrir Twitter, entonces soltaré el ratón y daré tres respiraciones profundas antes de hacer nada”.
Esta pauta requiere de mucha constancia y, por eso, puede complementarse con algún tipo de autorregistro.
Al final, nada de estas soluciones serán mágicas. Pero recuérdate que:
El multitasking no se combate haciendo más, sino buscando más silencios y aprendiendo a tolerar la incomodidad de estar presentes.



